Cartas. “La noche”

Carta Nº 12:  La Noche

Querida Ana:

                       La cena de anoche no era en ningún restaurante. Me llevó directo al último piso, donde conocí la magnificencia de la Suite Real (The Royal Suite), valorada en US$ 137.716 por noche. Vi una pequeña mesa redonda, servida, al lado de la ventana, elegantemente vestida. Era su habitación.  La música suave invadía el ambiente. Todo estaba previsto. No faltaba nada.

                      Cené callada, a pesar de los esfuerzos de Oscar. ¿Qué estaba haciendo? Una cosa era disfrutar de los placeres de la carne, como con Alí, y una muy distinta era caminar sobre arenas movedizas, sintiendo hundirme poco a poco, atrapada y sin salida.

                       Apenas comí. Lo notó. Se levantó sorpresivamente y me tomó en sus brazos, meciéndome al compás de la música. ¿Estábamos bailando? Pude sentir su cuerpo apretando el mío; su perfume embriagador y sus labios suaves sobre los míos; y entonces sobrevino lo peor: puso su boca cerca de mi oído y pronunció mi nombre.

                         Hundida.

                       El enemigo había ganado la batalla.  El encuentro no fue la clase de violenta pasión contenida, donde todo es físico y agradablemente pornográfico. Yo conocía muy bien ese tipo de noches, donde me sentía segura.

                    Ésto fue peligrosamente diferente, donde solo recibí ternura, caricias expertas, dulzura en las palabras y una enorme sensación de perfección masculina, sin orgullo, dedicado íntegramente a seducir a su dama.

                              Noche larga.

                          Esta mañana amanecí diferente, a su lado; no podía moverme. Tenía a Oscar por todos lados. Me abrazaba por completo. Me sentí indefensa pero protegida.  Cuánta dualidad en mis pensamientos. En mi alma. En mi corazón… A pesar de los planes  que Oscar tiene en mente, vuelvo a Paris en diez y siete días. No se lo dije.

                             Él dormía todavía. Pude mirarlo, con la luz del día, detalladamente. Esas pestañas largas y renegridas; el surco que se le hace en la mejilla y su boca, perfecta. No hice nada por despertarlo. Llegaría tarde a mi trabajo. No me importó.  Para qué moverme, si estaba en el mejor lugar del mundo. Y no me moví.

                              Defeated.

                             Que descanses, amiga.

                             Un beso

                                                               Fin

Cartas. “Mis dos yo”

Carta Nº 11:  Mis dos yo

Querida Ana:

                      Cuando ya estaba lista para dejar mi habitación e ir a trabajar, esta mañana martes, temprano, escuché un knoc knoc en mi puerta. Era Oscar, quien con una sola rosa blanca  y una sonrisa encantadora, me dijo:

-“Buenos días. ¿Estás lista?”-

No esperó mi respuesta; entró directamente, buscó un recipiente apropiado, lo llenó con agua y puso la rosa, en mi mesita de luz.

-“Ahora sí”. ¿Nos vamos?”- me preguntó ofreciéndome su brazo.

Solo me salió un débil -“¿Adónde?”-  a lo que respondió: – ” A la Compañía, a trabajar”-

Por suerte no podía leer mis pensamientos. Oscuros, libidinosos, ellos. Qué lindo hombre, por favor!

Se acomodó del otro lado de mi escritorio, y trabajamos toda la mañana, cada uno en lo suyo, solo interrumpidos,  de tanto en tanto, por alguna de nuestras secretarias.  Oscar lo hacía parecer tan natural. Contestó llamadas, contestó sus mails, discutió acaloradamente en su idioma, y yo, mientras tanto, hice lo que pude. Que fue poco, por cierto. No fui muy “productiva ” que digamos, esta mañana.  Fue la causa de mi reticencia para almorzar juntos, cuando llegó el mediodía. Yo no había hecho ni la mitad de mi trabajo. ¡No podía salir a almorzar! Me quedaría. Un par de señas y a la media hora, trajeron un almuerzo pantagruélico como para veinte.  Éramos solo nosotros dos. Aflojé la cincha, un poco…Y sonreí.

Pude distenderme y conversar sin resentimientos. Incluso dije un par de chistes, que Oscar  festejó en demasía.

Me besó con ternura y volvió a sentarse enfrente. Trabajamos en paz, toda la tarde. Solo interrumpidos por unos cafés, y unos besos que, aunque superficiales, sabían dulce.

Hasta que llegó la noche, esta noche. Me dejó en mi habitación hace dos horas, advirtiéndome que pasaría a buscarme a las 9 p.m.  Me dio un beso rápido, pero esta vez, fui yo quien detuvo su brazo.

-“Qué está sucediendo aquí?”- pregunté finalmente.

-“De todo”- respondió;  una vez más, con pocas palabras,  pero abarcándolo íntegro.

-“¿Hasta cuándo te quedas en Dubai?”- dije temerosa de la respuesta.

-“Lo que haga falta”- respondió

-“¿Estás pensando en veintiocho días más?”- exclamé aterrada.

-“Nunca menos”- y se fue.

O sea que sabía lo de mi Visa. I´m lost, me dije.

Siento que dos personas habitan mi cuerpo en simultáneo:  la ejecutiva recta, cerebral  y totalmente apática a los sucesos, y la desconocida alocada, libertina y emotiva que permite que los sucesos sucedan.

Mucha gente para este cuerpo.

Intenso.

Consecuente con mis dos yo, por un lado estoy de un mal humor terrible porque tendré que pasar otra noche de cenas con este fulano. Pero, por el otro, tendrías que verme con el vestido de Gaza azul, peinada como para Hollywood y producida para matar…

                                      Buenas noches, Anita.

                                      Beso

Cartas. “Conociéndonos”

Carta Nº 10:  Conociéndonos

Querida Ana:

                      Es de noche, muy tarde. Ya no queda casi nada del lunes. Estoy extenuada después de semejante día.  Pasado el mediodía, y de una hora de vuelo, pude ver que Abu Dabi está situada en una isla. La vista desde arriba del helicóptero fue hermosa. Cuando aterrizamos, Oscar me tomó de la mano para bajarme segura. Yo llevaba mis tacones de diez centímetros, como siempre. Inapropiado, por cierto. Cuando me vestí esta mañana, no tenía ni idea dónde terminaría. Llevaba puesto uno de mis tailleurs, de Chanel, oscuro, con una blusa de seda,  rosa pálido, escotada. Inapropiada…

                       No me soltó la mano. Al contrario. Me condujo hacia los vehículos que nos esperaban, con su brazo derecho por detrás de mi cintura. Me hablaba pausado. Yo no hablaba nada. Solo asentía con un gesto, cada vez que era necesario.

                  El chofer condujo directo al centro de la ciudad. Pude ver  importantes instituciones financieras como el Abu Dhabi Securities Exchange, el Banco Central de los Emiratos Árabes Unidos y las sedes corporativas de muchas empresas nacionales y multinacionales, que reconocí.  Abu Dabi es uno de los mayores productores mundiales de petróleo; sin embargo y, con buen acierto,  ha tratado de diversificar su economía en los últimos años a través de inversiones en los servicios financieros y turismo. Allí es donde nuestras vidas se cruzaron:

                           Oscar tenía a cargo los negocios familiares, en petróleo, pero él había ampliado su holding personal en  negocios como el turismo, (es uno de los propietarios del hotel donde yo estoy alojada), y en servicios financieros. Por eso no entendí, qué  inclinación había tenido él en nosotros, una industria farmacéutica, aceptando ser nuestro “Agente”… Así que, ensayando mis primeras palabras de conversación, le pregunté directamente, mientras nos bajábamos del auto, para almorzar, qué interés tenía en la Compañía, cuando lo del él eran turismo y finanzas.

-“Ninguno”- respondió.

“En la Compañía, ninguno”- insistió. Mi mirada inquisitiva lo obligó a continuar.

-“Es que me quedé sin saber si te habían gustado las rosas. Tampoco aceptaste mi invitación a cenar, el sábado y además, apagaste el celular. No contestaste ninguna de mis llamadas.  Tuve que encontrar otra forma de llegar a vos.”- me dijo.

Yo me detuve, en la mitad de la escalinata de acceso, y mirándolo fijamente, le pregunté:

-“¿Te estás burlando de mí?”-

A lo que respondió sin dudar:

-“En absoluto”-, tomándome del brazo para que reanudara el paso.

                     A partir de ese momento, comenzó una charla, (interesante, debo reconocer), de temas de actualidad. Me contó sobre cuestiones  básicas de la ciudad de Abu Dabi, como que está geográficamente ubicada en la parte nororiental del Golfo Pérsico en la Península Arábiga. Sus vecinos son el Reino de Arabia Saudí y el Sultanato de Omán y por el norte limita con el emirato de Dubái. Mientras almorzábamos, me contó, aunque superficialmente, su vida. Así supe que, en un par de horas, deberíamos ir nada menos que a visitar al Emir, el Califa bin Zayed al Nahayan, por sus negocios. No tenía absolutamente nada que ver, con cuestiones de ser nuestro Agente. Eran compromisos comerciales personales, que tenía que atender. Yo solo lo acompañaría. (¿Qué?!)

                      Si quería impresionarme, lo estaba logrando. En realidad, estaba logrando mucho más de lo que yo quería admitir. Por más esfuerzos que hacía yo para mostrarme distante y antipática, cada momento que pasaba a su lado, me agradaba más.

                          Tenía dos singularidades que atraparon completamente mi atención: hablaba con frases cortas, pero cargadas de contenido. Uhhhhh… ¡Cómo me gusta eso! Lo relaciono con inteligencia.

                                   Y la otra era que, mientras me hablaba, no dejaba de mirarme directo a los ojos,  fijamente. Uhhhhh… ¡Cómo me gusta eso! Lo relaciono con audacia, coraje, sinceridad.

                                    Estaba complicada, amiga mía. Debía mantener una compostura de mujer dura, distante, ejecutiva. (¿Por?…) Y fui alguien que no soy.  Una máscara de protección, I guess.

                                       La casa del Califa era francamente, impresionante. me sentí tan pequeña…

                                        Me presentó, y yo quedé calladita, sentada a su lado, sin intervenir (sí, sí, ya sé lo que estarás pensando…), mientras el grupo de hombres árabes, conversaban de negocios.  No entendí ni jota. No hablaron en inglés.

                                        Me sentí una mujer árabe. Con todo lo que sea que ésto signifique.  Terminaron caída la tarde. Me saludaron todos muy respetuosamente, Oscar me tomó del brazo y partimos. Me llevó a cenar. A esas alturas, yo hacía verdaderos y desesperados esfuerzos por mantenerme en esa postura de descontento. He sido siempre una mujer demasiado occidental:  independiente a morir, y totalmente retobada con las imposiciones.  Obedecer siempre fue un karma para mí. Difícil.  Esa sensación me estaba matando. Todo el día había sido impuesto. Lo desaprobaba por completo.

                                   (¿O lo que me estaba matando era que me gustara?)  Mientras esperábamos el postre, Oscar se levantó súbitamente, y me dio un corto beso sobre los labios. Y quedó ahí, a poquísimos centímetros, para decirme:

-“¿Cuando vas a empezar a ser vos? ¿Falta mucho?”-

La estupidez que dije después, fue resultado de la sorpresa, de ser incauta, de la no sé qué.

-“Muchísimo”- contesté descortésmente.  Quise rectificar enseguida y busqué desesperada,  alguna frase que mejorara lo anterior. Pero la mente me dejó sola. Oscar, aún levantado por sobre la mesa, y a pocos centímetros, me sonrió, comprensivo, triunfante.

                             Volvió a sentarse, y continuó conversando como si nada hubiera pasado. Terminamos el postre y partimos para tomar el helicóptero que nos llevaría de vuelta.

                    Aterrizamos dos pisos más arriba de mi habitación.  Su gente quedó esperándolo. Oscar me acompañó hasta la puerta, donde me besó como nunca lo habían hecho jamás.  Más estúpida que nunca, solo atiné a buscar temblorosa la tarjeta que abriera mi puerta y, sin decir una palabra, la cerré en sus narices.

                               Y acá estoy amiga querida. Hoy no fui yo, en todo el día. Y lo peor es que me gustó. Gracias a Dios, la Visa expira en diez y ocho días.  Empecé el conteo regresivo.  Lo de Oliver, es hoy jardín de infantes… Ahora sí, que estoy metida en un lío.

                                    Buenas noches, Ani.

                                    Un beso

Cartas. “Helicóptero”

Carta Nº 9:  Helicóptero

Querida Ana:

                        Hola, amiga!  Estoy en pijama, en mi habitación. Lista para dormir. Hoy a la mañana, llegué muy temprano a la oficina. Quería tener la reunión bien preparada. Llegó el primer candidato, puntual. Nos presentamos. Mientras desayunábamos, lo entrevisté. Tener un “Agente Local” es necesario para cumplir con la legislación. En realidad, aunque su responsabilidad es muy grande, su trabajo es mínimo. Te lo explico de una manera más fácil:  el Gobierno local necesita “uno de ellos” como un especie de sponsor, en las empresas extranjeras.  Son cargos ofrecidos a empresarios influyentes. Mi candidato supo ganarse mi admiración enseguida. Fue directo.  Sin vueltas. Como a mí me gusta. Me impresionó gratamente. Puse un tilde de aprobación en su legajo y lo acompañé hasta el ascensor.

                            A las diez de la mañana, Pierre irrumpió en mi oficina, quien con tono autoritario, me dijo que ya teníamos “Agente”. Me quedé cortada. Lo miré incrédula sin entender.  Quise contarle la grata entrevista de la mañana y la que tendría a la hora del almuerzo. Pero me interrumpió abruptamente. Y volvió a repetir que ya teníamos Agente.  Desconocí su  casi mal trato. Después de todo, no solo era la Jefe de Legales de la Compañía. También era su abogada personal. Teníamos una relación cercana. ¿Qué estaba pasando?  Solo me ordenó que al mediodía estuviera lista para conocer el nuevo integrante de la Empresa y que pasaría el día conociéndolo.

                                  Le pedí a mi secretaria que anulara la cita del mediodía y traté de mantener la compostura.

                                         A las doce pasó a buscarme Pierre por mi oficina. Bajamos juntos, en silencio. Me acompañó hasta el subsuelo, donde está el estacionamiento. Me aguardaban en un auto negro, con los vidrios polarizados. Un árabe de traje con el hatata sobre su cabeza, bajó por la puerta trasera.  Mi ceño fruncido lo decía todo. Realmente, estaba muy a disgusto. Con toda la situación. El enojo con Pierre se originaba no solo por las formas con las que me trató durante toda la mañana, sino porque este asunto parecía ser “una entrega”. Así me sentí. Cuando nos presentó y escuché su nombre, la tierra se abrió bajo mis pies:

-“Oscar Al Dashti”- me dijo. Le extendí la mano y me dejé conducir al interior del auto.  Cuando arrancamos, pude ver dos autos iguales, uno adelante y el otro detrás, que venían junto a nosotros.

                                   Hicimos un trayecto corto, en silencio, hasta un aeródromo particular.  Nunca había subido a un helicóptero. Era un  Eurocopter 130 B4, de lujo. Y partimos.

                                   La vista era hermosa. Las dos, en realidad:  ver a Dubai desde arriba y ver a Oscar desde cerca. Morocho, con barba muy prolija, recortada, elegante, estatura normal, contestura normal. (Me gustan más robustos). Hablaba pausado. En inglés.

                                Abu Dabi aloja importantes oficinas del gobierno federal y es la sede del Gobierno de los Emiratos Árabes Unidos así como sede de la Familia Real Emiratí. Hacia allá fuimos, a conocer las oficinas de Oscar.

                                      Qué día intenso, amiga.  Mañana te cuento sobre él.

                                       Dulces sueños!

                                      Beso

Cartas. “El Impás”

Carta Nº 8:  El Impás

Querida Ana:

                       Son las cuatro de la mañana del domingo. Todavía huelo al cloro de la piscina. Ayer sábado remoloneé hasta el mediodía.  Todavía no podía despegar de mi cuerpo, la intensidad del viernes. Cuando por fin me levanté, me vestí casual y salí a recorrer la ciudad. Apagué el celular antes de salir del hotel. Sería imposible hablar de hacer shopping en esta ciudad,  sin mencionar Dubai Mall, el centro comercial más grande del mundo. Pasé toda la tarde ahí, con la mente en blanco. Preferí hacer un impás. Oliver ya habría vuelto a Paris.  No tenía idea de las llamadas que habría hecho Alí, y el nuevo personaje definitivamente, por alguna razón, me inspiraba temor, inquietud…

                       Pero,  los seis  pisos de área comercial , una pista de hockey sobre hielo, un acuario / zoo acuático, un simulador de vuelo, una réplica de un dinosaurio a escala y dos parques de atracciones, todo dentro del Mall, hicieron maravillas… Cargada de paquetes, bolsos y bolsitas, cené sola en uno de los tantos restaurantes y terminé la noche, en uno de los bares, donde tomé de más. Vos sabes, amiga, que rara vez cruzo la línea. No me animé a volverme en taxi. Llamé al hotel y pedí que me vinieran a buscar.  Esperé afuera de la imponente entrada del Mall, hasta que un ostentoso y espectacular Roll Royce, estacionó junto a mí.  Yo seguía paradita esperando mi auto. Tuvo que bajarse el pobre chofer, para que yo me diera cuenta de la insignia del hotel, en la puerta del conductor. Venían por mí. Ja ja. Primera vez en mi vida que me subo a uno de esos!  Paga la Compañía! Ja Ja. Después me enteré que son los únicos autos del hotel… La noche del sábado llegaba a su fin.

                         La cuestión es que volví a mi habitación como a las dos de la mañana, del domingo. Tenía terror de entrar y encontrarme con alguna sorpresa arábica. Error. Encontré solo silencio. El de la soledad. Así que, y, a pesar del exceso etílico que me trajo a las “chuequiadas” desde el ascensor, decidí seguirla. Me puse la bikini y bajé a una de las piscinas.

                           Dejé flotar libremente mi cuerpo abrumado.

                           Que descanses.

                           Beso

Cartas. “Whatttt???”

Carta Nº 7:  Whatttt???

Querida Ana:

                       Hoy es viernes. Terminando el día. Acabo de llegar a mi habitación. No sé cómo contarte…Está absolutamente llena de rosas!  Everywhere… No entiendo nada.

                   Esta mañana llegué a la oficina temprano. Como a las 10 a.m., recibí el primero de tres mensajes de texto de Alí, en mi celular. El primero me sorprendió. El segundo me confundió y el tercero me inquietó. Solo decía: “Quiero verte. ¿Puedo llamarte?”.   No respondí ninguno porque Pierre entraba y salía, revisando los contratos terminados. Y además, está claro que priorizo mi trabajo por sobre los placeres mundanos. Alí tendría que esperar. Pronto llegó el almuerzo, programado para resolver el criterio a seguir en los informes al Ministerio, con Pierre y Thomas. Cuando nos reunimos en el restaurante, no contaba con la presencia de Oliver. Me turbó. Como siempre lo hace. Decidí que era un buen momento para contestar los mensajes de Alí. Debo reconocer, que disfruté la inquietud de Oliver. No perdía de vista ninguno de mis gestos. Yo terminé de contestar a Ali e inmediatamente hizo sonar mi celular.  Me disculpé cortésmente y me levanté de la mesa, para atender el llamado. Lo gocé, amiga. Lo gocé. El rostro pétreo de Oliver, alimentó mis heridas, con sabor a postre…

                          Alí tenía un ataque de ternura, creo. No sé a qué más atribuirlo. O precisaba dinero y no llegaba a mañana sábado. No sé. Pero estuvo extremadamente cariñoso y solo me repetía que quería verme. Sí, sí, le aseguré. Nos vemos mañana a la noche. Y entonces volvió a decirme que mañana no era trabajo. Es una cita. ¿Una qué?

                               Durante el almuerzo traté de esquivar las frases mordaces de Oliver. Los celos lo habían transformado. Me concentré estrictamente en el trabajo. No fue fácil. La tarde transcurrió ajetreada. Y volví al hotel. Cuando entré y vi tantas rosas, asumí que eran de Alí. Cada vez entendía menos. Hasta que, hace unos minutos, sonó mi celular y casi no respondo: era un número totalmente desconocido. ¿Otra treta de Oliver?

                              Pero atendí. Oscar Al Dashti estaba del otro lado de la línea!  Whatttt????

-“Sé que te gustan las rosas. ¿Hice bien?” – me dijo.

-“¿Cómo conseguiste mi número? ¿Cómo sabes que me gustan las rosas? ¿Por qué me las mandaste? Hubiera bastado una sola. ¿Cómo conocías el número de habitación? ¿Qué querés de mí?”- pregunté histéricamente.

Y en riguroso orden, contestó de a una.

-“Llamé a la Compañía y conseguí tu celular”- ; -“Sé mucho sobre vos”-; -“Porque quería llamar tu atención”-; No, una sola rosa es para una mujer común”-; -“Me lo dijo el mozo del restaurante”-; -“Una cita, mañana a la noche”-

Se hizo un silencio incómodo. Yo trataba de procesar lo que estaba sucediendo. Y pensar qué diría. Pero se mostró impaciente y dijo:

-“¿Hola? ¿Estás ahí?”-

-Sí, sí. Acá sigo. Es que no te conozco. ¿Por qué aceptaría?- pregunté.

-“Porque voy a hacer que valga la pena”- Y cortamos.

                                   Como verás,  amiga, es un día abrumador. ¿Qué sentido tiene? Tengo una visa que expira en veinte días. Solo pienso en terminar mi trabajo y volver al hogar, recuperada. Qué voy a hacer mañana? ¿De qué hablaríamos? Es un extraño de culturas diferentes.

                                     No he comido nada y estoy, además, totalmente insomne, a pesar del cansancio.  Y vos no estás aquí, para aconsejarme.

                                      Ésto es un error. No voy mañana. No voy.

                                      Dulces sueños, amiga.

                                      Beso

Cartas. “Eligiendo al Agente”

Carta Nº 6:  Eligiendo al Agente

Querida Ana:

                       Se me ha ido volando la primer semana en Dubai. Con tanto trabajo, casi no me he cruzado con Oliver. ¿Podés creer que todavía sigue aquí? Su padre ha venido varias veces a mi oficina, preguntado por los avances en la revisión de los contratos, pero, sobre todo, por la elección del Agente Local que nos representará ante el Gobierno del Emirato. Me pongo contenta cuando lo veo llegar. Mi relación con el padre de Oliver, Pierre, siempre ha sido buena. Cada vez que puede,  me hace notar, la seguridad que le proyecta mi lealtad.  La verdad es que, a estas alturas, no sé si es genuina confianza en mí, o si, por el contrario, cuida astutamente nuestras buenas relaciones, por todo lo confidencial que pasa por mis manos.

                         De Alí, ni hablar. Llego casi de noche, apenas con un resto de energía que alcanza solo para ducharme. No me duermo: me desmayo!  Le avisé que este sábado a la noche, lo precisaré. Me dejó absorta cuando me dijo que esta vez, él invitaría. ¿ Qué está pasando, Ana? No entendí. Me quedé colgada. Solo atiné a responder:  “ok”. (?)

                            Ayer a la noche, pedí que me subieran la cena. Mi cansancio era tal, que no daba para ir al restaurante. Mientras la esperaba, aproveché a darme una  ducha “express”. Salí del baño envuelta en una toalla blanca, cuando escuché un ruido ensordecedor. Me acerqué a la ventana y ví toda la escena. Dos pisos más arriba, está el helipuerto del hotel.  Un helicóptero acababa de aterrizar. Se bajó un grupo de árabes, que respondían a las órdenes del que iba adelante. No pude distinguir las personas. Pero había un despliegue importante de seguridad, alrededor. La curiosidad femenina pudo más. Y llamé a recepción.

                         Así me enteré que Jumeirah Group International, es el propietario del hotel.

                               De los empresarios más vinculados y notorios de Dubai, he seleccionado a dos. Los he contactado y, para mi alegría, ambos se mostraron muy interesados en el puesto ofrecido. Después de todo, la envergadura de la Compañía es internacional. Y su fama no solo es atribuible a sus éxitos comerciales, sino a sus valores éticos, que son tan escasos de encontrar en estos tiempos. Con ambos, concerté reuniones para el lunes a la mañana. Con el primero, la cita es temprano, a la hora del desayuno y con el segundo, es al mediodía. Sigo buscando al tercer candidato. Pierre fue estricto con eso: “Quiero tres opciones”, me dijo.

                                Hoy, llegué un poco más temprano. Me duché, me vestí y subí a cenar al Al Muntaha.  Quería conocerlo. Localizado a 200 metros de altura,  la vista panorámica de la ciudad de Dubái es espectacular. Está ubicado sobre una plataforma voladiza que se extiende 27 metros de cada lado del mástil; y se tiene acceso a él a través de un ascensor panorámico.

                                  Al llegar, me condujeron a una mesita pequeña, muy elegante, pero alejada. Es que estaba sola. Pude notar, sin embargo, el grupo de ruidosos caballeros que ocupaban la mesa central. Todos de traje, con sus “hatata” sobre la cabeza. Uno de ellos, me descubrió y me sostuvo la mirada hasta que yo bajé mis ojos, tímidamente.

                                      Aproveché la visita del mozo, quien traía mi bebida, y pregunté.  Me contó que eran los dueños del hotel, y que Oscar Al Dashti, había llegado ayer, en helicóptero.

                                  La inquisición continuó más que nunca!  Pude averiguar, por ejemplo, que aquel que me miraba con insistencia,  era Oscar Al Dashti y que la celebración era por su reciente ingreso al Grupo, en reemplazo de su hermano Saeed.

                                   Apenas tuvo que levantar la mano, y mi mozo me abandonó descaradamente, para atender al personaje. Mientras conversaban, me miraban. Supe que hablaban de mí.  El mozo escribió algo en un papel y se lo entregó.

                                 Dejé la mitad de la cena, en el plato. Me insistieron con el postre, pero yo solo quería volver a mi habitación.

                                 Y aquí estoy, amiga querida. Conservo con dificultad, los ojos abiertos.

                                  Hasta mañana.

                                  Beso

P.D.: Te extraño.

Reflexiones, realidades y algo mas